jueves 31 de diciembre de 2009

SAN SEVERINO BOECIO, MÁRTIR.


Anicio Manlio Severino Boecio.

Boecio, fue un gran filósofo y estadista, frecuentemente llamado “el último de los Romanos”, es considerado por la tradición como mártir cristiano, nació en Roma en 480 y murió en Pavia en 524/525. Descendiente de una familia de cónsules, la “gens Anicia” (los Anicios), de la que también provinieron dos emperadores y muy probablemente el Papa San Gregorio Magno.

Al quedar huérfano a temprana edad, fue educado por el piadoso y noble Aurelio Símaco con quien llegó a ser íntimo amigo y con cuya hija Rusticiana contrajo matrimonio. Estudió en Atenas y fue, además de filósofo y hombre de estado: teólogo. También fue nombrado Cónsul y luego, ministro principal junto al rey ostrogodo Teodorico I, por entonces también señor de Roma y ya a los treinta años se le consideraba como un hombre de gran erudición.

Habiéndose perdido en el imperio Romano de occidente el uso de la lengua helénica, se propuso traducir al latín las obras de Aristóteles y Platón, demostrando que ambos coincidían en lo esencial. Sin embargo, sólo conocemos su traducción de las Categorías y del Peri hermeneias de Aristóteles y de la Isagoge de Porfirio. A él pertenecen también varios escritos de Lógica, Música, Aritmética y Teología. Se afirma que Boecio fue, en base a sus traducciones, comentarios y escritos, el profesor de Lógica de la Edad Media hasta el momento en que, en el siglo XIII, fue traducido al latín y comentado directamente el Organon completo de Aristóteles”. Puede afirmarse también que él fue el medio por el que llegaron a Occidente, antes del siglo XIII, una serie de conceptos de la lógica y la metafísica aristotélicas.

Su obra principal, De Consolatione Philosophiae, tiene grandes similitudes con el Timeo de Platón. Además recoge y transmite conceptos estoicos, como los de "Naturaleza", "ley natural" y "realidad" entendida como corporalidad; y temas estoicos, como los del destino y la providencia divina. En su obra principal realiza la distinción, que luego sería central para la escolástica, entre id quod est (todo el ente) y quo est o esse (aquello que hace que el ente sea).

Superando la herencia platónica, aristotélica y estoica, y siguiendo en ello a San Agustín, entiende que Dios es un ser personal. Y afirma que Dios es el mismo ser (ipsum esse) y que todo lo demás es fundado y recibe el ser de Él. Dios es forma absoluta, forma sin materia. De todos modos estas palabras no deben llevarnos a pensar que se encuentra ya en él la distinción tomista entre esencia y existencia (esse). Para Boecio el esse o la forma es la esencia universal. Al respecto dice Hirschberger que “la forma boeciana es al mismo tiempo esencia y existencia, aunque necesitada de un sujeto, la materia, para realizar (en concreto) su ser, para ser este ser”.

Retornando a la historia de Boecio sabemos que Boecio nació poco después de que Rómulo "Augústulo", el último de los emperadores romanos de occidente, entregó el poder al bárbaro Odoacro. Cuando éste fue asesinado y el patricio Teodorico asumió el poder en Italia, Boecio tenía unos trece años. El padre de Boecio había aceptado el nuevo estado de cosas, y Odoacro le había confiado un cargo de importancia. Boecio siguió a ejemplo y entró en la vida pública, no obstante su amor por la escolástica. Él mismo explica que le movió a ello la doctrina de Platón, según la cual "las naciones serían felices si los filósofos las gobernasen, o si tuviesen la suerte de que sus gobernantes se convirtiesen en filósofos". Teodorico le nombró cónsul el año 510. Doce años más tarde, Boecio llegó a lo que él calificó de "momento más brillante de su vida", pues sus dos hijos fueron nombrados cónsules y él pronunció ante ellos un discurso de alabanza a Teodorico. Poco después el rey le nombró "maestro de oficios", que era uno de los cargos más importantes y de mayor responsabilidad. Pero su caída estaba muy próxima.

El anciano Teodorico entró en sospechas de que ciertos miembros del senado romano estaban conspirando en Constantinopla con el emperador Justitino para arrojar a los ostrogodos de Italia. El ex-cónsul Albino fue acusado de participar en la conspiración y Boecio subió a la tribuna a defenderle. No sabemos con certeza si tal conspiración existió o no; en todo caso, parece cierto que Boecio no tomó parte en ella. Sin embargo, fue encarcelado en la prisión de Ticinum (Pavía). Se le acusaba no sólo de traición, sino también de sacrilegio, es decir de haber empleado las matemáticas y la astronomía para fines impíos. Los jueces fallaron en su contra y Boecio pronunció un discurso amargamente despectivo contra el senado, ya que sólo Símaco, su suegro, había salido a defenderle.

Sus bienes le fueron confiscados y durante los nueve meses que pasó preso, Boecio escribió la "Consolación de la Filosofía", que es la más famosa de sus obras. Se trata de un diálogo interrumpido por varios poemas, entre el autor y la filosofía. Esta consuela a Boecio al mostrarle la vanidad de los efímeros éxitos terrenos y el valor eterno de las ideas: la desgracia no afecta a quienes saben apreciar la divina sabiduría acerca de que el gobierno del universo es justo y equitativo a pesar de las apariencias. El autor no habla de la fe cristiana, pero trata numerosos problemas de metafísica y ética, La "Consolación de la Filosofía" llegó a ser una de las obras más populares en la Edad Media, no sólo entre los filósofos y teólogos. Fue uno de los libros que tradujo al inglés el rey Alfredo el Grande.

La prisión de Boecio terminó con el asesinato. Según se dice, fue brutalmente torturado. Fue sepultado en la antigua catedral de Ticinum. Sus reliquias se encuentran actualmente en la iglesia de San Pedro in Ciel d´Oro, en Pavía.

La Tradición empezó muy temprano a representar a Boecio como un mártir de la fe Cristiana. Se cree que entre las acusaciones hechas contra él estaba la devoción a la causa católica, la cual por ese tiempo era defendida por el emperador Justitino contra el arriano Teodorico. En el siglo octavo esta tradición había asumido su forma definitiva, en muchos lugares Boecio era honrado como un mártir, y su fiesta observada el 23 de Octubre. En tiempos recientes, la erudición crítica ha ido al extremo opuesto, y no han faltado críticos que afirman que Boecio no era un Cristiano del todo, o que, si lo fue, abjuró la Fe antes de su muerte. El fundamento de esta opinión es el hecho de que en " Consolaciones de la Filosofía" no se hace mención de Cristo o de la religión Cristiana. Una visión más sana, que parece en la actualidad prevalecer entre los estudiosos, es que Boecio fue un Cristiano y permaneció cristiano hasta el fin.

Que él fue un Cristiano lo prueban sus tratados teológicos, algunos de los cuales, como vemos, son indudablemente genuinos. Que él permaneció Cristiano es la inferencia obvia del hecho comprobado de su asociación continuada con Simaco; y si "Consolaciones de la Filosofía" no posee rastros de influencia Cristiana, la explicación se tiene al alcance en el hecho de que es un ejercicio enteramente artificial, un diálogo filosófico modelado en producciones estrictamente paganas, un tratado en el cual, según las ideas del método que prevalecían en ese entonces, el sentimiento y pensamiento Cristiano no tenían un lugar propio. Además, aun si, desatendemos ciertas alusiones que algunos interpretan en un sentido cristiano, hay pasajes en el tratado que parecen evidentemente sugerir que, después de que la filosofía ha vertido todas sus consolaciones para beneficio del prisionero, hay remedios más potentes (validiora remedia) a los cuales él puede recurrir. No puede haber duda razonable, entonces, que Boecio murió Cristiano, aunque no es fácil mostrar de fuentes documentales que él murió mártir de la Fe Católica. La falta de evidencia documental, sin embargo, no nos impide dar el valor debido a la constante tradición sobre este punto. El culto local de Boecio en Pavia, fue sancionado cuando, en 1883, la Sagrada Congregación de Ritos confirmó la costumbre prevaleciente en esta diócesis de honrar a San Severino Boecio, el 23 de Octubre.

martes 13 de octubre de 2009

SANTIAGO DE SARUG.

Santiago de Sarug es considerado como uno de los grandes Padres de la iglesia Siria, sabemos que nació en el año 451 en el distrito de Sarug a orillas de río Eúfrates. Según cuenta la tradición, perfeccionó sus estudios teológicos en Edesa, donde también recibió sólidos conocimientos lingüísticos y filosóficos. A los 22 años se convirtió en monje y eremita.

Pocos datos hay sobre su vida, sabemos que en el año 502 fue nominado corepíscopo (oficio eclesiástico que ejercía una jurisdicción delegada del obispo). Durante esa época, visitó muchos monasterios ganándose entre sus miembros una gran estima.

En el año 519 fue consagrado Obispo y desde ese momento desarrollo una extensa labor pastoral hasta su muerte ocurrida dos años más tarde. Su fama de santidad hizo que fuera incluido en la liturgia y en el calendario santoral. Se le recuerda el día 29 de Octubre en la Iglesia latina.

Este importante Padre de la iglesia dejó una obra extensa y variada, entre sus escritos destacan sobremanera los redactados en verso. Por lo que sabemos predicó más de 700 homilías, y aún cuando se han conservado aproximadamente la mitad de ellas, no todas han sido publicadas.

En la siguiente homilía acerca de la Santísima Virgen María, destaca grandemente el cariño con que se expresa acerca de la belleza tanto sobrenatural como humana de nuestra Santísima Madre.

SEDE DE TODAS LAS GRACIAS.

(Homilía sobre la Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios).

Tal es mi amor, que me siento obligado a hablar de aquélla que es hermosa; mas tan sobre mis fuerzas juzgo el argumento, que no se me antoja fácil exponerlo.

¿Qué haré, pues? A los cuatro vientos gritaré que no fui ni soy idóneo para ello y, con amor, osaré proclamar el misterio de la criatura excelsa. Sólo el amor no yerra cuando habla, porque el amor tiene por objeto la perfección, y llena de dádivas a quien sigue sus dictados. Tiemblo de emoción cuando hablo de María y me maravillo, porque la hija de los hombres alcanzó la suma medida de toda grandeza. ¿Qué ocurrió, por ventura? ¿Volcó el Hijo la gracia misma sobre Ella? ¿O le agradó hasta el extremo de convertirse en Madre del Hijo de Dios? Que bajó a la tierra por don suyo, es manifiesto; y como María fue toda pura, le acogió.

Vio su humildad, su mansedumbre y su pureza, y habitó en Ella, porque para Dios es fácil morar entre los humildes. ¿A quién, por virtud de su gracia, miró siempre, sino a los mansos y humildes?

Puso sus ojos sobre Ella, y en Ella habitó, pues entre los de humilde condición se contaba. Ella misma dijo: ha puesto los ojos en la bajeza (cf Lc 1, 48), y habitó en Ella. Por eso fue ensalzada, porque agradó mucho.

Suma perfección ha de ser la humildad, cuando mira Dios al hombre que se humilla. Humilde fue Moisés, preclaro entre los hombres, y el Señor se le reveló en el monte. También la humildad se manifestó en Abraham, porque siendo justo, se llamó a sí mismo polvo y tierra (cf Gen 18, 27). En su humildad, Juan se proclamaba indigno de desatar siquiera las sandalias del Esposo, su Señor. Agradaron por humildad, en todas las generaciones, varones ilustrísimos, porque ésta es la vía maestra por la que el hombre se acerca a Dios.

Pero ninguno en el mundo se humilló como María, y así se deduce del hecho que ninguno ha sido exaltado como Ella. En la medida de la humildad concede Dios la gloria: Madre suya la hizo, y ¿quién podrá parangonarse a Ella en humildad? Nuestro Señor, queriendo descender a la tierra, buscó entre todas las mujeres, y sólo a una escogió: la que sin par era bella. A Ella la escrutó y sólo encontró humildad y santidad, buenos pensamientos y un alma enamorada de la divinidad; un corazón puro y deseos de perfección; por eso Dios escogió a la pura y a la llena de belleza. Descendió de su lugar y moró en la bienaventurada entre las mujeres, porque no había en el mundo quien comparársele pueda. Sólo existía una doncella humilde, pura, bella e inmaculada, que fuera digna de ser Madre suya.

En Ella observó una condición sublime, su limpieza de todo pecado, que no cabía en Ella pasión que la inclinara a la concupiscencia, ni pensamiento que instigara a la flaqueza, ni conversación mundana que condujera a males irreparables. Tampoco halló agitación por las vanidades del mundo, ni un comportamiento a guisa de niña. Y vio que no había en el mundo nada igual o similar, y la tomó por Madre, de la que se amamantaría con leche pura. Era prudente y llena del amor de Dios, porque el Señor nuestro no mora en donde el amor no reina. Apenas el Gran Rey decidió descender a nuestro lugar, porque fue su beneplácito, se hospedó en el más puro templo del mundo, en un seno limpio, adornado de virginidad y de pensamientos dignos de santidad.

Era también hermosísima en su naturaleza y en la voluntad, porque no fue contaminada con deshonestos pensamientos. Desde la infancia, ninguna mancha afeó su integridad; sin mancha, caminó por su senda sin pecados. Fue su naturaleza custodiada con el albedrío fijo en las cosas más altas, portó en su cuerpo las señales de la virginidad y las de la santidad en el alma.

Aquél que en Ella se manifestó, me ha dado aliento para decir todas estas cosas sobre su belleza inenarrable. Por haber llegado a ser la Madre del Hijo de Dios, vi y creí que Ella sola es en el mundo la pura entre las mujeres. Desde que aprendió a discernir el bien del mal, permaneció en la pureza de corazón y en pensamientos rectos. Jamás se separó de la justicia de la ley, ni la conmovieron las pasiones carnales. Desde la niñez, se albergaron en Ella santos pensamientos y, con diligencia, los ponderó en su meditación. Estaba siempre el Señor ante sus ojos, y en Él se miraba para resplandecer de Él y gozar de Él. Y después de ver Dios cuán pura y bella era su alma, quiso habitar en María que estaba inmune de pecado. Porque mujer par a Ella no fue jamás vista, se cumplieron en Ella las obras más admirables.

Cuanto la naturaleza es capaz de obrar con la belleza, tanto fue Ella hermosa; mas no llegó a tal grado por propia voluntad. Alcanzó la excelencia humana hasta el límite en el que sólo Dios podía otorgarle lo que de suyo no le pertenecía. Hasta donde los justos son capaces de acercarse a Dios, la llena de gracia llegó por la excelencia de su alma; que Dios naciese en el cuerpo de Ella, es gracia del Señor y por ello ha de ser glorificado: ¡cuán misericordioso es!

Hasta tal medida llegó la belleza de María, que ninguna mayor que Ella surgió en el mundo entero. Ahora y siempre demos gracias al Señor, que difundió su gracia sobre las criaturas sin medida alguna.


lunes 12 de octubre de 2009

JUAN MANDAKUNI.

Acerca de Juan Mandakuni existe muy poca información, sabemos que nació alrededor del año 415 y que fue Khatólicos (Patriarca) de Armenia desde el 478 hasta el 490, este último, año de su muerte.

Más se le conoce por sus muchos escritos de profundo valor como son sus homilías, sus epístolas (cartas) y oraciones, es un modelo de pastor de almas.

Sus variados escritos fueron profusamente traducidos al alemán durante el s. XIX.

HOMILÍA ACERCA DE LA DEVOCIÓN Y EL RESPETO DEBIDOS AL RECIBIR EL SANTÍSIMO SACRAMENTO.

Cómo acercarse al Santísimo Sacramento.


Mis huesos se estremecen de temor, mi alma tiembla y queda atónita cuando me acuerdo que voy a acercarme al venerado y gran Sacramento. Mi espíritu oscila sin cesar entre dos sentimientos: muy a gusto quisiera yo acercarme al Sacramento anhelado, pero mi indignidad me mantiene alejado. Mas el separarse y vivir alejado de él es la muerte del alma. Pues hay en verdad muchos que o bien se acercan en pecado o bien se mantienen alejados de una manera no recta: ambos son hijos de Satanás. Los unos no conocen la fuerza del tremendo Sacramento, sino que se acercan a él por costumbre rutinaria con la conciencia intranquila, no para salud, sino para juicio (cf 1Cor 12, 29); no para perdón de los pecados, sino para aumento de los mismos. Los otros lo aprecian en poco, como algo que no tiene valor, y permanecen alejados, ya que no lo tienen por necesario, pues desconocen totalmente su fuerza y su gracia, o creen que es señal de estima al Sacramento el no acercarse a él con frecuencia. Pero esto no es alta estima, sino que manifiesta más bien insensatez y tibieza en permanecer lejos de la vida y desear las tinieblas y la muerte. Esto dice el Señor mismo: Yo soy el pan de vida; quien come de este pan vivirá eternamente; y el pan que Yo daré es mi carne, para la vida del mundo (Jn 6, 48.51).

¿No sabes que en el momento en que el Santo Sacramento viene al altar se abren arriba los cielos y Cristo desciende y llega, que los coros angélicos vuelan del cielo a la tierra y rodean el altar donde está el Santo Sacramento del Señor, y todos son llenos del Espíritu Santo? Por tanto, aquellos a quienes les atormentan los remordimientos de conciencia, son indignos de tomar parte en este Sacramento hasta que no se hayan purificado por la penitencia. Examinaos, probad vuestros corazones, a fin de que nadie se acerque con remordimientos de conciencia, nadie con hipocresía, con fingimiento o falsía, nadie con dudas o incredulidad.


Y no lo contemples como sencillo pan, ni lo tengas ni lo estimes por vino, pues el tremendo santo misterio no es visible; su poder es más bien espiritual, ya que Cristo nada visible nos ha dado en la Eucaristía y en el Bautismo, sino algo espiritual. Vemos el cáliz, pero creemos al Verbo divino, que dice: esto es mi cuerpo y mi sangre. Quien come mi cuerpo y bebe mi sangre, vive en mí y Yo en él, y Yo le resucitaré en el último día (
cf Mt 26, 26-28; Jn 6, 55). Sabemos con verdadera fe que Cristo mora en los altares, que nosotros nos acercamos a Él, que le contemplamos, que le tocamos, le besamos, que le tomamos y recibimos en nuestro interior, que nos hacemos con Él un solo cuerpo (cf 1Cor 10, 17), miembros e hijos de Dios. Hijo de hombre, echa una mirada a tu habitación y contempla dónde estás, a quién contemplas, a quién besas y a quién introduces en tu corazón. Te encuentras entre potestades celestiales, alabas con los ángeles, bendices con los serafines, contemplas a Cristo, besas a Cristo, recibes y gustas a Cristo, te llenas del Espíritu Santo y eres iluminado y continuamente fortalecido por la gracia divina. Por eso vosotros, sacerdotes, vosotros los ministros y dispensadores del Santo Sacramento, acercaos con temor, custodiadlo con ansia, administradlo santamente y servidle con esmero; tenéis un tesoro real cuidadlo, por tanto, y custodiadlo con gran temor.


Guarda pura tu alma para el momento de la comunión y no la dejes de un día para otro. No es ningún atrevimiento comulgar muchas veces con corazón puro, pues con ello vivificas y limpias tu alma más y más. Pero si fueras indigno y tuvieras algo de que te reprochase la conciencia y comulgases una sola vez en toda tu vida, eso sería muerte del alma.


Pero tal vez digas: en Cuaresma me santificaré y comulgaré. ¿Qué utilidad te reportará el que te purifiques una vez si de nuevo te profanas? ¿Qué utilidad tendría el que te lavaras y de nuevo te ensuciaras? ¿Qué utilidad trae el edificar si vuelves a derribar lo construido? Quieres estar sin sufrimiento sólo en los días de fiesta y después quieres de nuevo consumirte en sufrimientos; quieres curarte de las heridas de tus pecados en un día y después quieres volver a recibir las mismas heridas; por un día te apartas del demonio y después quieres volver a ser atormentado por él siempre.


Así les sucede a quienes reciben una vez el Santo Sacramento y después se consumen sin cesar en pecados. ¿De qué ha de servir encontrar piedras preciosas un día de fiesta y perderlas al día siguiente? Por eso, es inútil comulgar un día de fiesta, si pereces de nuevo por la indignidad de una mala vida.


Con todo, dirás tal vez: con los ayunos de Cuaresma me he santificado; quiero, pues, recibir el Santo Sacramento. Me parece enteramente razonable y lo alabo. Pero ¿por qué no lo recibes siempre? Respondes: es que no puedo permanecer siempre sin pecado. Si lo que quieres decir es: voy a comulgar el día de fiesta, pero después me voy a mantener alejado de la Comunión, entonces incluso el día de fiesta eres indigno, pues tu modo de pensar es del enemigo. Pues, ¿qué aprovecha acercarse a Cristo, si no te alejas al mismo tiempo de Satanás? ¿Qué utilidad tiene el tomar costosas medicinas, si el dolor perdura en tu interior? ¿Qué te aprovecha correr al médico, si no le enseñas tus heridas? Del mismo modo no ganas bien alguno por ir a comulgar si no quieres apartarte de tus pecados.



Por lo tanto, atendámonos con esmero. Santifiquemos nuestro corazón, hagamos modestos nuestro ojos, guardemos la lengua de las murmuraciones, hagamos penitencia por nuestros pecados, disipemos las dudas, depongamos la insensatez, troquemos nuestra pereza en celo. Ayunemos, perseveremos en la oración. Estemos prontos para la beneficencia, ejercitemos virtudes con las obras. Hagámonos niños en lo malo, y en la fe, por el contrario, perfectos. Así nos haremos en todas las virtudes dignos del augusto y gran misterio. Con gran deseo y pureza consumada gustaremos entonces el santísimo y vivificador Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo; a Él sea dada la gloria y el poder por toda la eternidad. Amén.

jueves 20 de agosto de 2009

SAN PRÓSPERO DE AQUITANIA.



Es bien poco lo que conocemos sobre la vida de San Próspero de Aquitania. En la historia de la Iglesia se nos presenta como un gran luchador contra los semipelagianos y como el gran defensor de San Agustín (de quién fuera discípulo y amigo) y su doctrina sobre la gracia. Así, pues, su figura nos es conocida más bien por sus escritos y por la polémica que mantiene en ellos contra estos herejes. Sin embargo a través de todas estas luchas en defensa de la verdad aparece suficientemente acrisolada su virtud y su férrea perseverancia.

Según el testimonio del historiador Gennadio, Próspero era natural de Aquitania, y de hecho es siempre designado como Próspero de Aquitania. Nacido, pues, a fines del siglo IV (aprox. 390), recibió una formación literaria y religiosa muy completa, como apareció luego en las grandes controversias en que tomó parte activísima. Ya en su primera juventud frecuentó, según parece, el monasterio de San Víctor de Marsella, donde tanta fama gozaba en este tiempo su célebre abad Juan Casiano (fallecido en 435), y en este tiempo debió componer uno de los primeros escritos que llevan su nombre. Titulase “Poema de un esposo a su esposa”, y, si bien algunos críticos niegan que fuera suyo, ciertamente tiene un sentido profundamente cristiano. De el han deducido los autores que Próspero estaba casado. Ciertamente no era eclesiástico y se mantuvo siempre en el estado seglar.

El poema ofrece una excelente meditación sobre las miserias de este mundo, de donde se deduce que deben despreciarse los honores, las riquezas y todos los placeres terrenos y poner la esperanza únicamente en Dios. Tal es la primera obra que, si es realmente de Próspero de Aquitania, nos lo presentaría como un cantor sublime de la vida ascética y de retiro del mundo, a la que tantos se entregaban entonces en los desiertos del Oriente, y que tanto comenzaba a cundir en el Occidente. La estancia de Próspero en el monasterio de San Víctor, uno de los centros más típicos del monacato occidental, sería un buen indicio de la paternidad de Próspero sobre esta obra.

Son realmente deliciosas y de gran valor ascético algunas reflexiones que se hacen en dicho poema. “¿Qué sufrimiento puedo yo rechazar -se dice en el- teniendo la esperanza de tantos bienes como la bondad de Dios me prepara? ¿Qué cosa me podrá separar de Él? Si se me encierra en un oscuro calabozo y se me carga de cadenas, yo podré siempre, a pesar de todo, elevar mi espíritu a Dios. No puedo temer el destierro, pues el mundo entero es la morada de todos los hombres. Podrán someterme a sufrir hambre corporal. Pero yo me preocupo muy poco de ello. La palabra de Dios será mi alimento. Pero esta fuerza no me vendrá de mí mismo. Sois Vos, oh Jesús, quien ponéis en mi boca estas palabras y me concederéis la gracia para cumplirlas. De mi mismo no puedo prometerme absolutamente nada. Toda mi esperanza está puesta en Vos. Vos nos mandáis luchar y Vos nos hacéis vencer”.

Empapado, pues, en estos sentimientos e ideas dirige a su esposa estas humildes expresiones: “Procurad reprimirme si el orgullo me levanta. Sed mi consuelo en medio de mis penalidades. Démonos mutuamente el ejemplo de una vida santa, verdaderamente cristiana. Cumplid conmigo los deberes que yo estoy obligado a cumplir con vos. Velad por quien está obligado a velar por vos. Levantadme si caigo. Esforzaos por levantaros cuando yo os advierto de una falta. No nos contentemos de formar los dos un solo cuerpo; seamos también una sola alma”.

Pero lo que más caracteriza toda la obra y actividad de San Próspero de Aquitania y pone bien de manifiesto la santidad de su vida y los profundos sentimientos cristianos que le animaban son las enconadas luchas que tuvo que mantener a partir del año, 426 en defensa de la gracia y de la doctrina de San Agustín contra los semipelagianos.

A principios del siglo V se había presentado Pelagio con (la herejía) halagadora doctrina de que el hombre, con sus propias fuerzas y sin necesidad de ningún auxilio sobrenatural, podía evitar todos los pecados y obrar el bien, realizando toda clase de obras sobrenaturales. Frente a esta concepción, que ha sido designada como la soberbia pelagiana, se levantó San Agustín y, con todo el peso de su poderosa inteligencia, propuso con toda claridad y defendió con toda evidencia la doctrina de la gracia interna sobrenatural y enteramente necesaria para toda obra buena. Por todo ello San Agustín mereció justamente el honor de ser proclamado como el Doctor de la gracia. Los concilios por él dirigidos en Cartago, entre 416 y 418, condenaron decididamente los diversos puntos contrarios a la doctrina fundamental católica sobre la gracia. Todas estas decisiones, al ser adoptadas posteriormente por los papas, adquirieron el carácter de doctrina oficial de la Iglesia. En este primer estadio de las discusiones sobre la gracia, según parece, Próspero no tuvo intervención ninguna, pero se hallaba al lado de San Agustín y se compenetró con él en la más profunda estima de la ayuda sobrenatural de Dios y de su más absoluta necesidad en toda obra sobrenatural del hombre. Precisamente esta íntima convicción es la que late en los sentimientos del poema anteriormente citado y que debió componerse por este tiempo.

Pero no todos se dieron por satisfechos con la doctrina de San Agustín sobre la necesidad absoluta y general de la gracia interior para todos los actos sobrenaturalmente buenos y meritorios del hombre; no a todos gustaban los principios por él establecidos acerca del poder absoluto de Dios sobre todas las obras y, por consiguiente, sobre la predestinación del hombre. Así, pues, en el sur de Francia, y particularmente en el monasterio de San Víctor de Marsella, se levantaron algunos monjes, a cuya cabeza iba el bien conocido escritor y teólogo Juan Casiano, quienes admitían la doctrina general, proclamada contra los pelagianos, pero afirmaban que Dios “no ha podido dejar al hombre en la impotencia de querer y obrar el bien”. Sostenían, pues, estos monjes marselleses que debía depender del hombre la primera elección, el primer impulso hacia el bien, el primer acto bueno o sobrenatural, lo que ellos designaban como initium fidei. Sólo así, decían, se puede explicar, por una parte, la verdadera libertad humana en la elección del bien o del mal, y, por otra, la voluntad verdaderamente universal de Dios de que se salven todos los hombres. Dios ofrece, según esa concepción, indistintamente a todos los hombres los auxilios necesarios y suficientes para salvarse. El que unos se salven y otros no, esto depende exclusivamente del hombre.

Con esta doctrina, que, a semejanza de la de Pelagio, tanto halaga la soberbia humana, atrajeron los monjes marselleses a muchos incautos; mas, por poco que se examine, se ve fácilmente que es un pelagianismo disimulado o vergonzoso, pues si el auxilio sobrenatural de la gracia divina es necesario para elevar sobrenaturalmente cualquiera obra, lo es también para la primera. La razón es la misma para ésta que para todas las demás. El primero, pues, que cayó plenamente en la cuenta del verdadero peligro latente en esta doctrina fue Próspero de Aquitania, quien se hallaba precisamente entonces en la Provenza. Por esto él fue quien informó detenidamente a San Agustín sobre aquella corriente, que entonces se designó como doctrina de los marselleses o de las Galias. El apelativo de semipelagianismo no se le dio hasta el siglo XVI, en que se renovaron las grandes discusiones sobre la gracia.

Así lo hizo, en efecto, San Próspero en una célebre carta, escrita en 429, en la que expone a San Agustín las objeciones que se ponían a su doctrina y le suplica les dé la debida orientación en tan delicada materia. Como se deduce de esta carta, la única que se ha conservado, parece que ya anteriormente le había enviado algunas otras sobre el mismo asunto. Rápidamente comprendió San Agustín todo el alcance de esta ideología y su estrecho parentesco con la pelagiana. Así, pues, aunque ya de avanzada edad, compuso a fines de 429 y principios del 430 dos de sus obras básicas: “Sobre el don de la perseverancia” y “De la predestinación de los santos”. En ellas expone abiertamente la opinión católica, contraría por completo a la de los marselleses o semipelagianos.

Naturalmente, esto no satisfizo a los monjes de San Víctor de Marsella. Tanto Casiano como sus discípulos continuaron aferrados a sus opiniones; mas, por el respeto que les merecía la autoridad de San Agustín, no quisieron, mientras él vivió, oponérsele abiertamente. Pero no tuvieron que esperar mucho tiempo. Muerto San Agustín el año siguiente, 430, volvieron a la carga, haciendo propaganda de sus ideas. Al exponer la doctrina de San Agustín exageraban algunos de sus puntos, insistiendo principalmente en que su doctrina no era compatible con la libertad humana. Esta, repetían, sólo puede salvarse si se admite que el hombre puede, con solas sus propias fuerzas, determinarse hacia el bien, es decir, si puede poner, sin ayuda sobrenatural, el “initium fidei”.

En momentos tan críticos entra plenamente en actividad San Próspero de Aquitania, a cuyo lado aparece constantemente otro laico semejante a él, llamado Hilario. Imbuido plenamente en la ideología de San Agustín, que era la ortodoxa católica, y sintiéndose sinceramente representante de la misma, Próspero compuso una serie de obras que constituyen el núcleo principal de sus producciones literarias. En realidad, después de las de San Agustín, son, indudablemente, las mejores que se escribieron sobre la gracia a lo largo de toda esta controversia. Con ellas se ha podido afirmar con razón que, aunque laico, San Próspero de Aquitania completó lo que sobre ella había escrito San Agustín.

Su principal intención iba dirigida contra Juan Casiano, quien gozaba de un prestigio extraordinario y en sus célebres “Colaciones” enseñaba expresamente que Dios esperaba el primer movimiento de la voluntad del hombre para darle entonces la gracia sobrenatural, con la cual pudiera seguir realizando obras meritorias. Toda esta doctrina la refutó maravillosamente San Próspero en su opúsculo “Contra el autor de las “Colaciones”. Aparte otros tres opúsculos, en los que refutaba las objeciones de los obispos galos y exponía otros puntos fundamentales, sus trabajos principales fueron, ante todo, una epístola titulada “Sobre la gracia y el libre albedrío”, donde, basándose en toda la concepción de San Agustín, trataba de armonizar debidamente la gracia sobrenatural y la absoluta dependencia de Dios con el libre albedrío del hombre. Asimismo compuso un célebre poema, titulado “De los ingratos”, donde en mil dos versos trata de probar que no hay cosa que denote mayor ingratitud que el creer que poseen por sí mismos y con su libre albedrío lo que sólo nos viene de la misericordia y de la omnipotencia del Salvador.

Mas como su calidad de laicos restaba autoridad a las refutaciones de Próspero de Aquitania y su amigo Hilario, se dirigieron ambos a Roma, con el objeto de invocar la intervención del Romano Pontífice. Tal fue la ocasión de la primera intervención pontificia en las controversias de los monjes galos o marselleses. Como sus ataques iban dirigidos contra San Agustín, que gozaba de una autoridad general e indiscutible, no costó mucho a Próspero mover al Papa a tomar su defensa. Gobernaba entonces la Iglesia el papa San Celestino I (422-432), bien avezado en las cuestiones teológicas. Así, pues, en un escrito dirigido a los obispos de las Galias expuso la verdadera doctrina católica, ensalzando en particular a San Agustín y exhortando a todos a la verdadera sumisión al magisterio de la Iglesia.

Con esto se llegó al punto culminante en toda esta controversia. Como el Papa no definía ninguna cuestión y sólo recomendaba el respeto a la autoridad de San Agustín, continuaron las discusiones durante los decenios siguientes, aún después de la muerte de Casiano, ocurrida en 435. Del lado de éste se pusieron, entre otros, Gennadio de Marsella, Fausto de Riez y San Vicente de Lerins.

Contra todos ellos continuaron batallando con nuevos escritos Hilario y sobre todo Próspero de Aquitania. Todavía hacia el 450 publicó la obra titulada “La vocación de todos los gentiles”, donde suavizaba un tanto algunos puntos de la doctrina de San Agustín, pero manteniendo la más estricta ortodoxia.

Este espíritu estrictamente eclesiástico y ortodoxo de Próspero de Aquitania, su tenacidad en la defensa de la doctrina de San Agustín, es decir, la sobrenaturalidad más absoluta de la gracia, y juntamente su vida íntima, señalada por la práctica de todas las virtudes cristianas, todo ello movió al nuevo papa San León Magno (440-461) a llamarle a Roma y tomarle como secretario particular suyo. Así nos lo comunica expresamente el historiador Gennadio, nada simpatizante con sus ideas. El mismo insinúa la idea de que, con su extraordinaria erudición, fue desde entonces el mejor auxiliar de este gran Papa en la redacción de sus cartas y de sus principales obras. Indudablemente, pues, constituye esto una de las principales glorias de San Próspero de Aquitania. Sus eximias virtudes y su defensa constante de la ortodoxia católica recibían de esta manera la debida recompensa.

Así, pues, como secretario particular del papa San León, San Próspero colaboraría con él en la redacción de la célebre “Epístola dogmática”, dirigida por San León Magno a la Iglesia de Oriente, donde tan magistralmente se expone el misterio de la Encarnación, declarando contra Nestorio la unión personal, y contra Eutiques y los monofisitas las dos naturalezas en Cristo. En todo caso han observado los más sagaces críticos que, si se atiende al estilo de la epístola, se ve en ella más bien la mano de San León, De un modo semejante debió ayudar al Santo Padre en la respuesta y solución a las cuestiones que le llegaban de todas las partes del mundo.

En esta forma se desarrolló la última etapa de su vida, en la cual compuso todavía una especie de “Historia”, designada con el título de “Crónica” de San Próspero. Sobre la fecha de su muerte no tenemos noticia ninguna, sino que debió ocurrir después del año 455, puesto que la “Crónica” llega hasta esta fecha. La fama de su virtud y de sus méritos como gran defensor de la fe ortodoxa fue constantemente en aumento después de su muerte.

miércoles 19 de agosto de 2009

SALVIANO DE MARSELLA.

Los datos biográficos que se poseen sobre su vida son
escasos. Nacido en los primeros años del siglo V, en Trier o
Tréveris (fundada en el año 16 a C. por Augusto con el nombre de Augusta Treverorum), no se sabe con certeza cuando se trasladó al sur de la Galia. Desde el año 426 vive en la comunidad monástica de la isla de Lerins, frente a las costas de Marsella. Tres años más tarde era sacerdote.

Sus escritos revelan una esmerada formación cultural, y
merecen especial atención sus estudios jurídicos. De las
numerosas homilías y de su producción literaria se han
conservado algunas Cartas y los tratados “A la Iglesia” y “Sobre el gobierno divino”. Esta última es su obra más importante,
compuesta de ocho libros, en la que desarrolla el tema de la
providencia divina. Se dirige a los cristianos para fortalecerles en la fe y en la confianza en Dios, en medio de la situación en que se encontraban los católicos en aquellos tiempos, bajo el dominio de los pueblos germánicos. Junto a la intención apologética, la obra trata de atajar los desórdenes morales del momento y exhorta a la conversión.

EXTRACTO.

Los preceptos del Señor.
(Sobre el gobierno divino, 3, 5-6)



Quizá hoy alguno piensa que se ha pasado el tiempo de sufrir
por Cristo lo que los Apóstoles soportaron en sus días. Es
verdad: no hay emperadores paganos, no hay tiranos
perseguidores, no se derrama la sangre de los santos, la fe no
viene sometida a prueba con los suplicios. Dios está contento de que le sirvamos en esta época de paz, que le agrademos con la pureza de las acciones y la santidad de una vida inmaculada. Por esto le debemos más fe y devoción, porque exige menos de
nosotros, aunque nos haya dado más. Los emperadores son
cristianos, no hay persecución alguna; la religión no se encuentra amenazada, nosotros no estamos obligados a manifestar nuestra fe con una dura prueba: por eso debemos agradar más a Dios con las obligaciones pequeñas. De hecho, demuestra estar pronto a empresas mayores, si las cosas lo exigiesen, aquél que sabe cumplir los pequeños deberes.

Omitamos, por tanto, aquello que padeció el bienaventurado
Pablo; lo que, como leíamos en los libros religiosos escritos más
tarde, padecieron los cristianos, ascendiendo así hasta la puerta de la casa celestial a través de los peldaños de sus dolores, sirviéndose de los caballetes del suplicio y de las hogueras como de escaleras. Veamos si al menos en aquellos actos hechos con religiosa devoción, pequeños y comunes, que todos los cristianos pueden cumplir en el momento de paz más estable y en todo tiempo nos esforzamos realmente por responder a los preceptos del Señor. Cristo nos prohíbe pleitear. Más ¿quién obedece a este mandamiento? No es un simple precepto, ya que llega hasta el punto de imponernos abandonar aquello que es el mismo argumento de la contienda para renunciar a ella misma: al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también la capa (Mt 5, 40). Pero yo me pregunto: ¿quiénes son los que dejan a los adversarios que les roben? Es más, ¿quiénes son los que no se oponen a que los enemigos les expolien? Estamos tan lejos de dejarles la túnica y lo demás, que, apenas podemos, buscamos coger la túnica y el manto al adversario. ¡Y obedecemos con tanta devoción a los mandamientos del Señor, que no nos basta con no ceder a nuestros enemigos ni el mínimo de nuestros vestidos, sino que además, si es posible y la situación lo permite, les arrancamos todo lo suyo!

Este mandamiento viene unido a otro similar; dice así el Señor:
si alguno te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la
otra (Mt 5, 39). ¿Cuántos son los que escuchan este precepto o
los que, si muestran seguirlo, lo hacen de corazón? ¿Quién es el
que, habiendo recibido un golpe, no quiere devolver muchos?
Está tan lejos de ofrecer a quien le golpea la otra mejilla, que
cree vencer no sólo golpeando al adversario, sino incluso
matándolo directamente.

Todo lo que queráis que hagan los hombres con
vosotros -dice el Salvador- hacedlo también vosotros con ellos
(Mt 7, 12). Conocemos tan bien la primera parte de esta
sentencia que nunca la olvidamos; la segunda la omitimos
siempre, como si no la conociésemos. Sabemos muy bien lo que
queremos que los demás hagan por nosotros, pero no sabemos
lo que debemos hacer nosotros por los demás. ¡Y ojalá no lo
supiésemos! Sería menor la culpa debida a la ignorancia, como
se dice: el siervo que, conociendo la voluntad de su amo, no fue
previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, será muy
azotado (Lc 12, 47). Ahora nuestra culpa es mayor porque
queremos la primera parte de esta sagrada sentencia para
nuestra utilidad y provecho; y la segunda parte la omitimos para injuria de Dios.

Esta palabra del Señor viene otra vez reforzada y encarecida
por el Apóstol Pablo, que en su predicación dice: que nadie
busque su provecho, sino el de los demás (1Cor 10, 24); y
también: buscando cada uno no el propio interés, sino el de los
otros (Fil 22, 4). Ve con cuanta fidelidad siguió el mandato de
Cristo. Es el buen siervo de un buen Señor y un magnífico
imitador de un Maestro único: caminando sobre sus huellas, casi las hizo más claras y esculpidas. Pero nosotros, cristianos,
¿hacemos lo que nos manda Cristo o lo que nos manda el
Apóstol? Creo que ni lo uno ni lo otro. Estamos tan lejos de
ofrecer a los demás alguna cosa con un poco de sacrificio, que
nos preocupamos ante todo de nuestra comodidad, molestando a los demás.

SAN ISIDORO DE PELUSIO.


Se cree comúnmente que Isidoro, nacido en Alejandría y muerto hacia el año 435, fue abad de un monasterio de las montañas cerca de Pelusium, en Egipto. Sin embargo, investigaciones recientes han puesto de manifiesto que no hay razón para suponerle jefe de una comunidad monástica. Nuestra fuente más antigua de información sobre él es Severo de Antioquía, y éste nunca alude a esa condición. Le llama “sacerdote, correcto en la fe, lleno de sabiduría y de conocimientos bíblicos”. Dice que vio la carta de un asceta en la que se saluda a Isidoro, como “venerable sacerdote Isidoro, altar de Cristo, vaso sagrado para el servicio de las iglesias, tesoro de Sagrada Escritura”. Así, pues, el documento más antiguo, que data prácticamente del tiempo mismo de Isidoro, nada dice que fuera abad. Es más, las 2.000 cartas que todavía se conservan de él no justifican ese título. Lo encontramos por vez primera en los Apophthegmata Patrum, que introducen seis de sus sentencias con “dijo el padre Isidoro de Pelusium”. Sin embargo, aquí el título no quiere decir presidente de una comunidad; significa simplemente “Padre le los monjes”, es decir, un ermitaño que instruía a otros en la vida espiritual. Es de notar también que las listas oficiales le los santos de la Iglesia griega, el Menologium de Basilio II y el Synaxarium ecclesiae Constant, no llaman abad a Isidoro. Le llamó así por vez primera en el siglo VI el diácono romano Rústico, que preparó una selección de 49 cartas de Isidoro, las tradujo al latín y las agregó a las Actas del concilio de Éfeso. En el grandilocuente encabezamiento de la primera de estas cartas se le llama “Doctor de la Iglesia y abad del monasterio cercano a Pelusio”. Pero este testigo es de dudosa autoridad.

En resumen, Isidoro era un sacerdote de Pelusio, famoso por su piedad y por sus conocimientos de la Sagrada Escritura, como atestigua Severo. Sus cartas prueban que llevó una vida monástica y gozó de gran reputación entre los ascetas, hasta el punto que se le puede llamar “Padre de los monjes”, pero difícilmente “jefe de un monasterio” o abad. Efrén, patriarca de Antioquía, nos informa que nació en Alejandría. No se conoce la fecha de su nacimiento, pero ocurrió probablemente hacia el año 360. Nicéforo Calixto, señala que Isidoro fue discípulo de San Juan Crisóstomo; pero no hay por qué tomar esta afirmación al pie de la letra. Sus cartas no suponen una relación personal tan estrecha entre ambos, a pesar de las alabanzas entusiastas que Isidoro prodiga varias veces al gran obispo y predicador. Focio, le menciona juntamente con Basilio Magno y Gregorio Nacianceno entre los antiguos maestros cristianos y llama expresamente a Isidoro modelo, no sólo de vida sacerdotal y ascética, sino también de estilo y de fraseología.

Sus Cartas.

Efectivamente, la correspondencia de Isidoro revela una personalidad extraordinaria, con educación clásica y una excelente formación teológica. Su fuente principal es la Sagrada Escritura; pero conoce también a los escritores cristianos antiguos. Algunas de sus cartas están copiadas, palabra por palabras, de Clemente de Alejandría, tal como lo ha demostrado Fruechtel. Isidoro sostiene que las mismas ciencias profanas tienen gran valor si están glorificadas por la verdad divina. El cristiano debería extraer alimento, como una abeja, aún de los escritos de los filósofos paganos. Sus favoritos son Demóstenes, Platón, Aristóteles y Hornero. Son tan numerosas las citas que hace de algunos de ellos, por ejemplo de Demóstenes, que constituyen una base para estudios de crítica textual. A su gran saber juntó un vivo interés por todas las cuestiones referentes al mundo y a la Iglesia, a la jerarquía y al laicado, al gobierno secular y al eclesiástico, a la moral y al dogma. Impertérrito e inflexible, se atreve a emitir juicio sobre emperadores y obispos, a advertir y aconsejar a los de arriba y a los de abajo.

La colección de sus cartas cubre un período de casi cuatro décadas, desde el año 393 hasta el 433; toca una gran variedad de temas y afecta a gran número de personas. Es una pena que la edición clásica deje mucho que desear. Es la que se publicó en París en 1638, editada nuevamente por Migne, comprende 2.012 cartas en cinco libros. Esta división en cinco secciones no está justificada ni por el contenido ni por los manuscritos. Todas las ediciones existentes están basadas en la colección de dos mil cartas que se hizo, en el siglo que va del año 450 al 550, en un monasterio de Constantinopla. Este Corpus Isidorianum lo menciona Facundo, obispo de Hermiana, en su Pro defensione trium capitulorum, compuesto entre los años 546 y 548. Dieciocho años más tarde, el diácono romana Rústico tuvo también acceso a dicha colección, independientemente. Este último dice que la colección consistía en cuatro códices, con quinientas cartas cada uno. En las 2.012 cartas de Migne hay 19 repeticiones, por lo menos. Sería insensato dudar que la cifra de 2.000 resultara de una selección que hicieron los monjes con el deliberado propósito de alcanzar un número redondo. De hecho, Severo de Antioquía habla de “casi tres mil” y lo confirma el Léxico de Suidas.

A pesar de todo, las dos mil cartas que se conservan bastan para hacer de la correspondencia de Isidoro un caso único en el período patrístico. Su forma es una ilustración del principio de elegancia sin afectación que profesaba el autor, mientras que su contenido toca temas teológicos, así como profanos. Entre los últimos están las cartas que dirigió a las autoridades civiles para interceder en favor de la ciudad de Pelusium; a Quirino, prefecto de Egipto, censurándole por haber hecho uso de la fuerza; al emperador Teodosio II, exhortándole a ser benigno y generoso, por ser éstas las nobles virtudes del gobernante.

La mayor parte tratan de explicaciones. El autor sigue el método histórico y gramatical de la escuela de Antioquía y rechaza el alegorismo. Condena el intento de ver por doquier figuras de Cristo en el Antiguo Testamento, porque ello incitará a paganos y herejes a sospechar de los pasajes verdaderamente mesiánicos. El Antiguo Testamento es una mezcla de historia y profecía, pero no hay que confundirlas. Con todo, admite las interpretaciones alegóricas solo cuando sirven para la edificación. De las cartas de carácter explicativo, más de sesenta están dedicadas a las epístolas paulinas.

No pocas de estas misivas tratan de temas ascéticos y morales. Lo mismo contienen reglas sencillísimas de moral como principios muy elevados de perfección, y son una prueba de la profundidad de la sabiduría de Isidoro y de su honradez de alma. El reino de Dios se funda en la pobreza voluntaria y en la abstinencia, pero solo después que se hayan cumplido todos los mandamientos y practicado todas las virtudes. No basta el ascetismo, lo esencial es el espíritu. Dice, por ejemplo: “No eres un asceta perfecto si tienes la comida, la bebida y la cama de San Juan Bautista. Para alcanzar la perfección tienes que tener su espíritu”. La virginidad está tan por encima de la vida de matrimonio como lo está el cielo sobre la tierra y el alma sobre el cuerpo, pero la virginidad sin amor o la virginidad sin humildad no tiene valor. Así son los principios que nunca se cansa de recordar a los monjes, sacerdotes y obispos que no viven a la altura de su vocación.

Aspectos Teológicos.

Son muy interesantes las cartas que nos revelan a Isidoro como teólogo dogmático. En muchas de ellas defiende la cristología eclesiástica contra diversas herejías. Así, por ejemplo, afirma ante todo la divinidad de Cristo en contra de los arrianos y los refuta mediante una concienzuda interpretación literal de la Sagrada Escritura. Como consideraba a los arrianos como los enemigos más peligrosos, pensaba que su principal área como teólogo consistía en derrotarlos. Sus análisis precisos de los textos bíblicos, su método filológico para desentrañar su significado y su sistema científico de explicar acusan una vez más la influencia de la escuela de Antioquia. Usa repetidas veces la expresión nicena homoousios. Alude, además explícitamente a este concilio en su carta 4,99: “Hay que al santo sínodo que se reunió en Nicea, sin añadir ni quitar nada, porque, lleno del Espíritu de Dios, ha enseñado la verdad”.

Por otra parte, contra los maniqueos defiende la humanidad verdadera de Cristo. “De la posteridad de Abrahán, Dios escogió a su madre y de ella asumió carne. De esta manera se hizo verdaderamente hombre, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado”.

Ocho, al menos, de las cartas de Isidoro están dirigidas a Cirilo de Alejandría. En una de ellas (1,310) no vacila en reprochar al patriarca su proceder en Éfeso.

“La simpatía apasionada no ve con claridad, pero la antipatía no ve en absoluto. Si quieres verte inmune de ambas deficiencias de visión, no te entregues a afirmaciones violentas, sino que debes someter a justo juicio todas las acusaciones. Dios mismo, que conoce todas las cosas antes de que ocurran, consintió en bajar y ver los lamentos de Sodoma; con ello nos enseña la lección de considerar despacio las cosas y ponderarlas bien. Muchos de los que se reunieron en Éfeso hablan satíricamente acerca de ti, como de hombre inclinado a seguir sus animosidades personales y no como de uno que busca rectamente la causa de Jesucristo”.

Esta amonestación no le impide, sin embargo, exhortar a Cirilo en otra carta a no sacrificar una tilde de su doctrina. Solicita del emperador Teodosio que ponga freno a aquellos oficiales de la corte que en Éfeso trataron de asumir autoridad judicial en materias de fe.

En la cuestión de la unión hipostática, Isidoro rechaza tanto la mezcla como la separación de las dos naturalezas en Cristo. Pone en guardia al lector Timoteo contra los maniqueos, que enseñaban que en Cristo sólo hay una naturaleza. Habla claramente de la unión hipostática, anticipándose así, en cierta manera, a la definición de Calcedonia.

SAN TEÓDOTO DE ANCIRA.


Teódoto fue obispo de Ancira la actual Ankara, era por esa época la capital de Galacia, en el Asia Menor. Amigo personal de Nestorio, fue, sin embargo, uno de sus principales adversarios, cuando el Concilio de Éfeso del año 431 condenó las doctrinas de aquél como heréticas.

Nestorio afirmaba la existencia de dos personas en Jesucristo,
negando el título de Madre de Dios a la Virgen María.

Teódoto alcanzó un gran prestigio como teólogo y defensor de la ortodoxia; junto a San Cirilo de Alejandría, representó un papel de primer orden en la refutación de los errores nestorianos.
Adentrándose en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios,
expuso con claridad y defendió con firmeza la verdad de la
existencia de dos naturalezas en la única persona de Cristo y
exaltó de modo especial la maternidad divina de Santa María, junto a su perpetua virginidad. Su muerte tuvo lugar en torno al año 446.

Entre las obras que nos han llegado de Teódoto, son especialmente destacables tres sermones, en los que trata del nacimiento del Señor y de la maternidad divina de María. Nuestro autor los compuso durante la época en que estaba celebrando el Concilio de Éfeso, se leyeron pues durante el desarrollo del mismo y fueron introducidas en sus Actas.

Se recoge a continuación un pasaje de una de estas homilías.
Con un estilo de argumentación muy típico de la época, Teódoto explica cuál es la lección fundamental que nos enseña la pobreza del Nacimiento de Nuestro Salvador: asumiendo nuestra naturaleza humana en medio de una gran indigencia, nos hizo participes de la riqueza de su divinidad.


Lección de Navidad.

(Homilía I en la Natividad del Señor).

Ni los profetas, que habían sido vencidos; ni los doctores, que
nada habían adelantado; ni la Ley, que carecía de la fuerza
suficiente; ni los frustrados intentos de los ángeles; ni la voluntad de los hombres, reacia a practicar lo que es bueno: para levantar la naturaleza caída, hubo de venir su mismo Creador.
Y vino, no con la manifestación externa de su condición divina:
precedido de un gran clamor, con el ensordecedor estruendo del trueno, rodeado de nubes y mostrando un fuego terrible; ni con sonido de trompetas, como antiguamente se había aparecido a los judíos, infundiéndoles terror; tampoco usó de insignias imperiales, ni se presentó con una corte de arcángeles: no deseaba atemorizar al desertor de sus leyes.

El Señor de todas las cosas apareció en forma de siervo, revestido de pobreza para que la presa no se le escapase
espantada. Nació en una ciudad que no era ilustre en el Imperio, escogió una obscura aldea para ver la luz, fue alumbrado por una humilde virgen, asumiendo la indigencia más absoluta, para lograr, en silencio, al modo de un cazador, apresar a los hombres y así salvarles.

Si hubiese nacido con esplendor y rodeado de grandes riquezas, los incrédulos hubieran atribuido a esa abundancia la
transformación de la tierra. Si hubiese escogido la gran ciudad de Roma, entonces la más poderosa, de nuevo habrían creído que la potencia de la Urbe fue la que cambió el mundo. Si hubiese sido hijo del emperador, habrían atribuido el bien conseguido a la nobleza y poder de esa cuna. Si fuese hijo de un gran hombre de leyes, lo hubiesen achacado a la sabiduría de sus prescripciones.

¿Qué es lo que hizo en cambio? Escogió todo lo que es pobre y
sin valor alguno, lo más modesto e insignificante, para que fuese evidente que sólo la Divinidad ha transformado el mundo.
Precisamente por eso, eligió una madre pobre, una patria todavía más pobre, y Él mismo se hizo pobrísimo.

No existiendo un lecho donde se le reclinase, el Señor fue
colocado en un comedero de animales, y la carencia de las cosas más indispensables se convirtió en la prueba más verosímil de las antiguas profecías. Fue puesto en un pesebre para indicar expresamente que venía para ser alimento, ofrecido a todos, sin excepción. El Verbo (
La Palabra), el Hijo de Dios, al vivir en pobreza y yacer en ese lugar, atrajo hacia Sí a los ricos y a los pobres, a los sabios y a los ignorantes.

A través de su Humanidad, el Verbo de Dios se muestra así para
que a todas las criaturas, racionales e irracionales, se les abriese la posibilidad de participar en el alimento de salvación. Y pienso que a esto aludía Isaías cuando hablaba del misterio del pesebre: conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo, pero Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento (
Is 1, 3).

Se nos pone aún más de manifiesto por qué quien siendo rico en razón de su divinidad, se hizo pobre por nosotros, para hacer más fácilmente asequible a todos su salvación. A esto se refirió también San Pablo cuando dijo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2Cor 8, 9).

Pero, ¿quién era aquel rico al que se refiere el Apóstol? ¿y en
qué estribaba su riqueza? Decidme, ¿quién siendo rico, se hizo
pobre en consideración a mi miseria? Que nos respondan quienes desgajan de Dios, del Verbo, su Humanidad; disociando lo que está unido, con el pretexto de las dos naturalezas. Ese rico, ¿no es, por ventura, Aquél que se mostró como hombre, y a quien tú separas de la divinidad? Si sólo Dios puede enriquecer a la criatura, entonces fue el mismo Dios quien se hizo pobre,
asumiendo la penuria de la criatura humana, a través de la cual se manifestaba: rico en su divinidad, se hizo menesteroso al asumir nuestra humanidad.